Aletheia, Filosofía

miércoles, 9 de abril de 2008

Auschwitz e Hiroshima: las dos caras del Horror

Maximiliano Basilio Cladakis
La Segunda Guerra Mundial, sin lugar a dudas, representó un quiebre con respecto a la modernidad. Como acontecimiento, fue el fin de un paradigma y el inicio de otro. Si la racionalidad moderna se pensaba a sí misma como la condición necesaria y suficiente para el progreso de la humanidad, como aquello que liberaría al hombre mediante el saber y la técnica, la Gran Guerra fue la realización del sueño anunciado por Goya. “El sueño de la Razón engendra monstruos”; y tales monstruos se concretizaron de manera efectiva.

El Horror, pues, emergió desde el seno mismo de la historia, de esa historia que traería justicia y libertad para todos los hombres, y adquirió su dimensión más acabada, más perfecta, en dos nombres opuestos pero complementarios: Auschwitz e Hiroshima. Ambos hicieron efectivo lo impensable; ambos hicieron de la producción de cadáveres una industria de precisión, cuya racionalidad estratégica sería comparable a la de cualquier empresa que se plantee el éxito como fin.

Auschwitz nos retrotrae al Horror operante entre las sombras, en la falsa clandestinidad de lo que el Estado oculta pero lleva a cabo. Era el secreto a voces. “Centros de reubicación”, oían los judíos, los gitanos, los comunistas, los eslavos, y se echaban a temblar sin saber bien que significaba dicha palabra. Se cumplía el objetivo propuesto ya que, en su no reconocimiento oficial, se presentaba como una irrealidad siempre presente, como algo inmaterial que podía encontrarse en todas partes. Era lo inefable y contra lo inefable es imposible luchar. El régimen nacional-socialista lograba así que el terror se extendiera sobre todos los habitantes de su creciente imperio. El terror, la estrategia predilecta de las dictaduras para destruir la disidencia y generar autómatas, adeptos sin voluntad ni discernimiento. Pero ¿qué era lo ocurría en esos sitios tan temidos? Simplemente el correlato de lo que sucedía fuera de ellos, solo que de manera más brutal, más descarnada, más real. La deshumanización, la desubjetivación operaba materialmente sobre los cuerpos mismos de los prisioneros. Estos se veían sometidos a un largo y tortuoso proceso de reificación. Los números grabados en antebrazos, la desnudez, el constante vapuleo de los guardias, la cotidianidad de la indignidad, de la humillación, daban como resultado el cumplimiento de sus objetivos: el sometimiento de la subjetividad. Primo Levi, tras su experiencia en Auschwitz, se pregunta si aquello que queda, si ese ser que camina hacia la cámara de gas sin conciencia alguna puede ser considerado efectivamente como un “hombre”. El planteo mismo de la cuestión, la duda misma acerca de la “humanidad” del prisionero, señala el éxito del Horror. Tal éxito radicaba en su racionalidad estratégica, en la manera en que la razón encontraba los medios para concretar los fines propuestos. Ese ser “quasi-humano”, esa “cosa” que no sabemos bien si es o no un “hombre” era el punto de apoyo de la estrategia: su figura excedía los límites mismos del campo de concentración presentándose como una posibilidad fantasmagórica para el afuera. El “adentro” y el “afuera” de Auschwitz operaban dialécticamente generando una dinámica donde se conjugaba lo real con lo irreal, lo corporal con lo psicológico, en una simbiosis que solventaba el mantenimiento de un régimen sustentado en el Horror.

Hiroshima, por su lado, es la otra cara de la moneda. A diferencia de Auschwitz, sucede a plena luz del día, frente al mundo entero, anunciándose con clarines y fanfarrias. La matanza es indiscriminada; no se trata de diferenciar a los arios de los no-arios, ni a los “traidores” de los verdaderos “patriotas”. Mujeres, niños, ancianos, civiles, militares, desaparecieron en un santiamén, sin importar su origen, ni su posición con respecto a las políticas imperiales de Hiro Hito. Precisamente, esta instantaneidad de la muerte contrasta con el largo padecimiento en los campos de concentración. De un segundo a otro una ciudad queda convertida en menos que ruinas, como si Dios hubiera descargado su furia contra ella. No son los individuos los castigados, sino el país en su territoriedad. En efecto, el objetivo propuesto no es quebrar la subjetividad de los propios ciudadanos sino demostrarle a las demás naciones el poderío americano, una amenaza latente a todos aquellos que intenten entrometerse con Estados Unidos. Auschwitz necesitaba acontecer en la oscuridad, Hiroshima necesita mostrarse espectacularmente. Estados Unidos era el poseedor de la nueva técnica, de las nuevas leyes físicas materializadas en un arma capaz de arrasar con millones de vida en un instante. El Horror se hacía patente en un acto estruendoso, magnánimo, para no dejar lugar a dudas sobre quien era realmente la nueva potencia. Una estrategia absolutamente efectiva, una estrategia racional que emplea los mayores “progresos” de la razón científica en pos de sus intereses. La física quántica entraba en la historia y estaba del lado de “América” y de su emergente hegemonía del mundo occidental.

Distintos e incluso contradictorios entre sí, Auschwitz e Hiroshima, son, sin lugar a dudas, el Horror en su representación más terrible, el agotamiento estratégico de todas las posibilidades en que este puede hacerse patente. El mayor contraste entre ambos tal vez estribe en que el desocultamiento de uno llevó a sus ejecutores a ser juzgados en un tribunal internacional mientras que el exhibicionismo adrede del otro le acarreo a sus gestores laureles de gloria y poder. Con todo, ambos conforman, en su oposición, el fin de los ideales que depositaban sus esperanzas en la razón. El sueño de la modernidad, pues, se había convertido en la pesadilla de nuestra contemporaneidad.