Aletheia, Filosofía

miércoles, 9 de abril de 2008

Teoría y práxis:intelectualidad y política


Edgardo Pablo Bergna

Maximiliano Basilio Cladakis


En su Etica Nicomaquea, Aristóteles plantea dos caminos para la “vida feliz”: el del hombre prudente y el del sabio. El hombre prudente es aquel que sabe desenvolverse en la polis y que enfrentándose a los avatares de la contingencia toma las mejores decisiones dentro de las posibilidades dadas. Si bien parecería que el estagirita otorga en este texto gran relieve al sentido práctico, político, de la vida, cuando hace mención del otro posible “camino” se refiere a la “vida contemplativa” como lo mejor a lo que puede aspirar el hombre.


Así, la figura del sabio y la del prudente aparecen enfrentadas como dos modos de ser contrarios entre sí. El sabio, pues, se desinteresa de los asuntos que hacen a la vida común, o sea a la vida política, y se aboca exclusivamente a la contemplación de lo “universal” y “necesario”, mientras el prudente se encuentra absolutamente comprometido con ellos.Esta oposición entre teoría y praxis atravesará de una u otra manera la historia de casi todo el pensamiento occidental, dándosele las más de las veces primacía a la primera por sobre la segunda. Tanto la imagen del filósofo-teólogo del medievo embuido en las más sutiles y complejas especulaciones acerca de la divinidad, como la del filósofo-científico moderno absorto en la contemplación “objetiva” de la naturaleza, son claros ejemplos de lo dicho. La filosofía y sus variantes, llámense ciencia o teología, versan sobre la verdad; y esta “verdad” es concebida como perteneciente al orden teorético de la vida. Dicho orden, a su vez, al estar alejado de la ambigüedad, de la confusión, de la caótica historicidad del mundo de la praxis (donde los hombres viven, mueren, matan, traicionan y son traicionados) se mantiene impoluto frente al “barro” de la contigencia, del tener que elegir por lo “menos malo” pero malo al fin. De esta manera, el hombre teórico, el sabio, se reviste de un aura de sacralidad y pureza que lo coloca por encima del resto de los mortales, inspirando a la devoción como todo lo inefable.


Con Marx advendrán, empero, algunas de las primeras críticas a esta aparente independencia de la teoría con respecto a la praxis. El autor de la Sagrada familia observará que toda teoría es el emergente de una praxis determinada, la cual la hace posible a la vez que condiciona. La filosofía, la ciencia, la teología (en síntesis, todo aquello que puede ser catalogado como actividad intelectual), son interpretaciones del mundo surgidas del seno mismo del mundo. El suelo de donde se nutre toda especulación teórica es, por tanto, aquello de lo que supuestamente el “sabio” debía de desinteresarse. Marx agregará, incluso, que cada una de estas interpretaciones señala una toma de posición con respecto a los acontecimientos de ese mundo histórico, una toma de posicion en apoyo o repudio de alguna de las partes en conflicto dentro del devenir social. La teoría formaría parte de la superestructura, la cual tiene como base los modos de producción propios de una época y de las luchas de intereses contradictorios que esta acarrea. Ya no podría hablarse entonces de un “sabio” libre de las cuestiones “terrenales”, materiales, sino que, por el contrario, su labor es una sublimación de los intereses de clase que él mismo representa. Conocida es la sentencia de Marx acerca de que los problemas y las paradojas de la teoría se resuelven en la praxis, la que es legitimadora de toda tesis teórica.


Carlos Astrada, por su parte, coincidirá con lo dicho por el pensador alemán. Sin embargo señalará que a este le faltó desarrollar con mayor profundidad la manera en que la teoría incide sobre la praxis. En efecto, toda teoría se encuentra condicionada por la praxis que la funda, pero así también toda praxis se funda en una teoría que la condiciona. El filósofo argentino sostendrá que entre ambas no hay una relación de subsunción absoluta de una con respecto a la otra. Por el contrario, lo que hay es una mutua reciprocidad, una bilateralidad casi dialéctica, en tanto las dos se fundan en la estructura más originaria del hombre: el ser-en-el-mundo. Precisamente, como gran lector de Heidegger y de los existencialistas, Astrada considerará al hombre como una totalidad cuya condición esencial es la existencia. En el existir el hombre es siempre teoría y praxis; pensamiento y acción nunca se dan de manera separada.


Sin lugar a dudas, Sartre será quien aborde de manera más acabada la cuestión. Para él, el hombre es libre y tal libertad engendra compromiso. Todos nosotros en tanto existimos en el mundo estamos comprometidos con ese mundo, cada elección que realizamos nos “hace” a nosotros pero también “hace” al mundo. La existencia es elección constante y esa elección no depende sino de nosotros mismos. “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”, dice el genial francés. No hay, pues, ni razones ni dioses a los que apelar, elegimos y solo nosotros somos responsables de dichas elecciones y de las consecuencias que ellas acarreen. A su vez, en tanto elecciones existenciales, comprometen la totalidad de nuestro ser, tanto a nivel teórico como a nivel práctico (o mejor dicho, político).


A partir de la concepción satreana del hombre, podemos observar, entonces, que las figuras antes mencionadas, la del filósofo-teólogo y la del filosófo-científico, más allá de toda idealización, e, incluso, más alla de lo que ellas mismas quieran pensar sobre sí, son figuras comprometidas “politicamente”. Efectivamente, el teólogo elige formar parte de una institución religiosa en la cual desarrollar su disciplina, elige, dijimos, y por tanto se compromete, o bien, con una u otra orden de la iglesiá católica, o bien, con alguna de las tantas ramas en que se bifurca el protestantismo. Asimismo, también puede decir “no” a todas las instituciones religiosas e intentar realizar su labor de una manera distinta a la tradicional. El caso del científico es similar. La ciencia, como es bien sabido, desde hace más de dos siglos opera a partir de asociaciones en apariencia autónomas. El hombre que se decide a hacer ciencia debe optar por trabajar en algunas de estas, y ,al elegir una, elige y se compromete con las lineas de investigación que en ellas se elaboran y también con los intereses que representa. El mito del científico que solo hace “ciencia” no es más que eso: un mito. Hoy día esto es más que evidente, ya que los proyectos de investigación son financiados por grupos de inversionistas privados que son los que señalan las areas que se deben de investigar y las que no.


En oposición a la falacia del “intelectual impoluto” Sartre plantea la idea del intelectual comprometido ( no porque haya intelectual que no este comprometido, sino más bien su posición hace hincapie en que el intelectual asuma efectivamente sus responsabilidades). En este punto la coherencia de Sartre no solo es de pensamiento, es existencial, puesto que él encarna la idea misma que plantea. La existencia implica “embarrarse” y él mismo se “embarra” de manera voluntaria, se compromete. Su rol en la resistencia francesa durante la ocupación alemana, sus críticas implacables al Partido Comunista Francés, como así su filiación a él y su posterior distanciamiento, su apoyo a la Revolución Cultural China como a la gesta libertadora del Che y Fidel, son una parte de su obra tan importante como El ser y la nada, La nausea, o la Crítica de la razón dialéctica. El es un todo donde el filósofo, el literato y el intelectual politicamente comprometido, son facetas que se retroalimentan y dan sentido unas a otras. José Pablo Feinman dice que “Heidegger es el filósofo más importante del siglo XX, Sartre, el más grande”. Justamente, cuando hablamos del Maestro de Friburgo y reconocemos su magno labor como filósofo, nos vemos obligados a separar entre este y sus compromisos políticos con el nacional-socialismo. Sobre esto se han escrito páginas y páginas, tanto de los que buscaban su absolución como de los que deseaban su condena. El mismo Heidegger al preguntársele sobre tales cuestiones, mucho tiempo despues de la derrota de Alemania, se desembaraza del tema arguyendo una explicación ontológica que lo libra de toda responsabilidad. En esa misma entrevista, sostiene que la filosofía no puede hacer nada por el mundo y que la sociedad no debe esperar ninguna respuesta del intelectual. En Sartre, por el contrario, como ya dijimos, es imposible separar las distintas facetas de su vida ya que tales facetas conforman una única vida, la de un mismo hombre. Su figura provoca la admiración y el odio como una totalidad, y es allí donde radica su grandeza.


Para concluir, podemos decir, entonces, que la separación entre teoría y praxis no es real, sino tan solo formal, una distinción para facilitar la explicación de determinados fenómenos. El hombre es una totalidad existencial en la cual por medio de cada acto hace su propio ser. La palabra del intelectual, escrita o hablada, es siempre una palabra comprometida, quieralo o no, lo asuma o lo niegue.