Aletheia, Filosofía

miércoles, 9 de abril de 2008

Golpe a la subjetividad

Maximiliano Cladakis
Edgardo Bergna
El 24 de marzo de 1976 se dió inicio a algo que en adelante llamaremos “golpe a la subjetividad”. Nos motiva la convicción que en esa época lo que se intentó no fue otra cosa que la desubjetivación del hombre con el proyecto de hollar la intersubjetividad propia de la comunidad en pos de instalar el modelo económico que llegó a su akmé en la década del noventa.
Aristóteles define al hombre como “animal político”. Esta cualidad singular del ser humano hace referencia a lo intersubjetivo como carácter esencial de la vida humana. Ya Marx nos señalaba que la primera conciencia es la conciencia social, pues no hay “yo”sin un “tu”. El terror de estado al golpear la subjetividad golpeaba el carácter político del hombre y por tanto (si estamos de acuerdo con el estagirita) a la misma esencia de lo humano. De hecho, lo hicieron.
La subjetividad es una construcción histórica. En ella el “yo” se reconoce como si mismo, como un “propio ser”. Sin embargo, esto no significa solipsismo, sino, por el contrario lleva in nuce la realidad de Otro, que lo constituye y realiza como cultural.
Hay intersubjetividad: la comunidad se mueve a partir de los intereses, creencias e ideales intersubjetivos, los cuales conforman su identidad.
Las dictaduras, justamente, se reconocen como tales por realizar prácticas que intentan oradar al sujeto y, por ende, desestructurar la intersubjetividad. Es de notar, la manera en que estos regímenes se presentan para cumplir un fin determinado, para acabar con un mal que “azota” o bien a la nación, o bien a la humanidad. Sin embargo, muchas veces ellas se imponen cuando el fin que las justifica ya había sido cumplido. Sistematizando vejaciones logran instalar un dinamismo que transforma al sujeto en objeto.
A estas alturas el hombre despojado de su dignidad, vituperado, reificado es convertido en la finalidad del régimen. La estructura interna de los centros clandestinos de detención (eufemismo de campos de concentración), en su modalidad, se extiende al cuerpo social tomado por el Terror auspiciando delaciones, y actitudes de supuesta ingenuidad que llevan a grupos de intelectuales a tomar cargos (relativos a su carrera) de compañeros “desaparecidos”.
En los centros mencionados, el prisionero era expuesto a las mayores torturas y humillaciones. Su dignidad como hombre, su ser como sujeto político e histórico era conflagrado en medio de innumerables tormentos. Era anulado como ser humano y vuelto una “cosa”. Asimismo se da una dialéctica en la cual tanto torturado como torturador se vuelven objetos. La subjetividad e historicidad de ambos es anulada diluyéndose su identidad dentro de una situación que se les presenta como dirigida por un poder que se halla más allá de su alcance. La desnudez de uno contrasta con el uniforme del otro, sin embargo no hacen sino representar el rol adjudicado a cada uno. Es importante, a su vez, señalar como en el acto de tortura se cosifican dos elementos radicalmente opuestos. Pues, el torturador opta el ser objeto, el dejar de lado su posibilidad como sujeto político e histórico, para volverse una” cosa” que sirve obedientemente a sus amos. El otro, por el contrario, es separado de su condición activa, arrojado al no-ser-en-comunidad (que es igual al no-ser). Mientras éste es obligado por la fuerza a dejar de ser humano, el primero lo elige, lo hace de manera voluntaria.
Sin embargo, el proceso de desubjetivación no culmina en esto. Encuentra, pues, su forma mas acabada en la carátula llamada “desaparecido”. Con esto se designaba a quien no se sabia si vivía o no. Hoy sabemos que, o bien, estaban detenidos ilegítimamente, o bien, muertos y sin sepultura.
La condición de insepulto es una manera de sustraer la dignidad humana y remite a lo más atávico del hombre. Recordemos Antígona y los lamentos ante su hermano muerto, por la ausencia del rito funerario que constituye el cadáver en persona. El “desaparecido” es arrancado, así, de la historia.